Yo tuve un niño hace dos temporadas, Mateo, nueve años, el mejor bateador de mi equipo 9U sin ninguna duda. Este niño llegó al spring con el swing más limpio que yo había visto en su grupo de edad. Luego, de la nada, se fue de cero para cuatro en tres juegos seguidos. Swings largos, cabeza moviéndose, bateo por encima de la pelota. Sus papás me buscaron después del tercer juego con esa cara que tú ya conoces bien.
El error que yo cometía antes era tratar el slump de mi mejor jugador diferente al slump de cualquier otro niño. Le daba más atención, más repeticiones, más correcciones. Y eso, te lo digo directo, lo empeoraba todo. A los nueve y diez años, cuando un niño siente que el mundo se le viene encima por no batear bien, tu trabajo no es añadirle peso. Es quitárselo.
El Problema Rara Vez Es Mecánico
Con Mateo, lo primero que hice mal fue buscar el problema en su swing. Lo analicé, le ajusté las manos, le pedí que cargara diferente. Nada funcionó. ¿Por qué? Porque el problema no estaba en sus manos. Estaba en su cabeza. Él estaba pensando tanto en no fallar que ya llegaba al plato derrotado.
A esta edad, los niños son esponjas emocionales. Si tú o sus papás proyectan ansiedad, ellos la absorben inmediatamente. Y un niño ansioso no puede leer la pelota del bate, no puede mantenerse bajo, no puede hacer nada bien mecánicamente aunque su swing sea perfecto.
Entonces antes de tocar una sola mecánica, tienes que evaluar cómo está llegando ese niño a los entrenamientos. ¿Llega callado? ¿Evita el batting practice? ¿Se ríe menos? Esas son tus señales reales.
Lo Que Yo Hago Primero
Con Mateo, lo senté solo en el dugout antes de la siguiente práctica. Sin papás cerca. Y le dije exactamente esto: "Oye, ¿sabes cuántos hits tiene el mejor bateador de las Grandes Ligas en una temporada? Como cuatrocientos. ¿Sabes cuántos outs tiene? Como mil. Así que fallar forma parte del juego. Tú sigues siendo el mismo bateador que eras."
Esa conversación duró tres minutos. No le hablé de mecánica. No le dije qué estaba haciendo mal. Solo le recordé que él todavía era él.
Después de eso, hicimos un ejercicio que uso constantemente con jugadores de nueve y diez años cuando noto que están dentro de su cabeza: tee work sin presión de resultado. Nada de "vamos a arreglar esto." Solo le pongo la pelota en el tee a la altura de su cintura, le pido que haga diez swings, y lo único que tiene que hacer es decirme dónde contactó la pelota. ¿Arriba? ¿Abajo? ¿Al centro? Solo eso. Eso le regresa la atención a la pelota y la saca de sus pensamientos.
El Ejercicio Concreto
Se llama "reporta el contacto." Pones el tee, el niño batea, y antes de que haga el siguiente swing te dice dónde sintió el contacto en el barril. No le corriges nada todavía. Solo escuchas. Lo que estás haciendo es entrenar su atención para que vaya hacia la pelota, no hacia el miedo a fallar.
Después de diez swings así, la mayoría de los niños ya se ven diferentes. Más sueltos. Las manos más suaves. Ya no están apretando el bate como si la vida dependiera de eso. Y ahí, solo ahí, es cuando puedes introducir una corrección mecánica si realmente la necesita.
Con Mateo lo hicimos dos días seguidos. Al segundo día ya estaba cargando bien, manteniéndose bajo, viendo la pelota hasta el contacto. No le cambié nada en el swing. Solo le devolví la confianza.
Lo Que Les Digo a los Papás
Esta parte es tan importante como el trabajo con el niño. Los papás de tu mejor jugador van a querer hablar del slump en el carro de regreso a casa. Es natural. Pero eso destruye el trabajo que tú hiciste en la práctica.
Cuando los papás de Mateo me buscaron ese tercer juego, les dije esto directo: "Necesito que en el carro no hablen de beisbol esta semana. Si él saca el tema, está bien. Pero si no lo saca, hablen de cualquier otra cosa. Pizza, videojuegos, lo que sea." Y les expliqué por qué. La mayoría de los papás quieren ayudar, solo necesitan saber cómo.
Lo Que Ojalá Alguien Me Hubiera Dicho
Ojalá alguien me hubiera dicho al principio que el slump de tu mejor jugador te va a incomodar más a ti que a él. Esa incomodidad tuya es la que lo infecta. Cuando tú ves ese niño talentoso fallar, algo en ti quiere arreglarlo rápido. Resiste eso. Haz el ejercicio, ten la conversación corta, habla con los papás, y deja que el proceso trabaje.
Mateo terminó esa temporada bateando arriba de .400. No porque yo arreglé su swing. Sino porque paré de tratar de arreglarlo.
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